En la era del entretenimiento infinito, estar aburrado se ha convertido casi en un tabú. Series, redes sociales, videos y notificaciones nos estimulan constantemente. Pero cuando falta el estímulo, aparece el vacío… y con él, la incomodidad.

Sin embargo, el aburrimiento cumple una función clave en la vida humana. Según estudios recientes, es un motor de la creatividad, la introspección y el pensamiento original. Muchos grandes inventos surgieron en momentos de ocio no estructurado.

El problema es que hoy, ante el menor indicio de tedio, buscamos refugio inmediato en las pantallas. Esto impide que el cerebro “descanse activamente” y genere nuevas conexiones. Vivimos en una hiperactividad mental disfrazada de ocio.

Los expertos en neurociencia recomiendan espacios sin estímulos externos como parte del bienestar mental. Incluso proponen “dosis diarias de aburrimiento” como forma de resetear el sistema cognitivo.

En niños y adolescentes, el aburrimiento también es esencial para desarrollar la imaginación. El juego libre, sin pantallas, permite descubrir intereses propios y no impuestos desde afuera.

Aburrirse, lejos de ser una falla del sistema, puede ser una puerta a mundos internos que valen la pena explorar.

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