En una conversación, unos segundos de silencio pueden sentirse eternos. En una sala de espera, el silencio puede ser más tenso que cualquier ruido. Pero ¿por qué nos incomoda tanto el silencio?

En realidad, el silencio no es ausencia de sonido, sino un espacio que suele estar cargado de significado. En nuestra cultura, especialmente en Occidente, se asocia el silencio con la incomodidad, la falta de control o incluso con el rechazo.

Por eso, muchas veces hablamos por hablar, solo para evitar ese “vacío”. Usamos frases de relleno, preguntas triviales o cambiamos de tema rápido. El silencio se convierte en un enemigo que hay que tapar.

Sin embargo, en otras culturas, el silencio es valorado como signo de respeto, sabiduría o introspección. En Japón, por ejemplo, una pausa larga en una conversación no es incómoda, sino un espacio para pensar.

Desde el punto de vista psicológico, el silencio también puede ser muy poderoso. Nos obliga a estar con nosotros mismos, a prestar atención al otro o incluso a enfrentarnos con emociones que evitamos.

Aprender a convivir con el silencio —y no temerle— es una herramienta valiosa. Porque a veces, en el silencio, ocurre lo más profundo: la reflexión, la conexión y la verdad que no necesita palabras.

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